
Estoy seguro que muchas de las actitudes que tomamos con respecto a la vida no parecen ser las más acertadas en todas las ocasiones. Por eso nos equivocamos. Partimos de un mal concepto o nos equivocamos en pensar y actuar de acuerdo a los impulsos que muchas veces no operan lógicamente en nuestro sistema neurológico, sino el impulso más puro e irracional, como son los sentimientos. Quizá por eso existe hoy en día un índice mucho más elevado de asesinatos. De todas formas, las actitudes hacen cambiar pareceres, nos mantiene en la línea o nos hacen pasar de ella, depende de cuál sea la razón o razones que nos impulse a cruzarla.
He pensado muchas veces que si todos tuviéramos siempre un espejo frente a nosotros, para vernos cuando cambiamos de actitud, seguramente nos sorprendería vernos. ¿Soy yo acaso ese que ríe, grita, llora o se enfurece? Son como miles de millones de imágenes reproduciéndose a lo largo de una cadena de éxito/error que, si recopilo todas las veces que he atinado a enfurecerme o alegrarme por algo y he tenido éxito, me sorprendería pensar que cuando me enfurezco debí sonreír, pero cuando sonreí debí enfurecer. ¿Extraño no? Tampoco es una teoría exacta. No todos sonreímos cuando nos golpean, excepto los masoquistas; pero ciertamente he vivido experiencias donde una actitud puede cambiar tantas cosas, que seriamente sería mejor haber hecho o dicho otra cosa, otro cambio de actitud.
Claro, está bien, estaría hablando acerca de los mundos posibles que en la literatura se da mucho el tema. «Lo que hubiera pasado si…» Es lógico que si Sherlock Holmes no fuera un detective, sino un carnicero, la historia de Arthur Conan Doyle, sería totalmente distinta. Quizá no sería el detective, sino el presunto culpable de asesinar a toda una familia y guardarla en el refrigerador. Quizá, hablando de los mundos posibles, si no me hubiera dedicado a la docencia o hubiera quebrado los cánones que muchas veces exige la sociedad y nosotros decidimos seguir, yo sería un hombre bohemio, escribiendo frente al ordenar las miles de historias que siempre salen a relucir en mi cabeza. Pero, decidí optar por la educación como mi primer sustento. No dejó de pensar en que un día dejaré de serlo para hacer lo que me gusta: escribir. Y la gente se preguntará, ¿por qué? Y yo contestaré: Porque ODIO vivir de un horario, de un jefe y de obedecer órdenes. Porque ODIO tener frente a mí treinta cabezas en blanco, y saber que al final muchos no agradecerán el esfuerzo. Entre muchas otras cosas, creo que nací para escribir. Es lo que pienso.
Ahora, volviendo a las actitudes, sospecho que una actitud así como una palabra lleva a otra palabra, una actitud lleva a otra actitud. Como cuando nos regañan y enfurecemos por el regaño a sabiendas que tenemos la de perder o no tenemos razón. Y a veces hasta teniendo la razón es preferible callar. ¿Cómo podríamos pensar que una actitud no puede cambiar el curso de una historia? Si Paris no hubiera sido tan terco y su hermano Héctor tan alcahueta, y hubiera enviado de vuelta a Helena hacia Esparta, ¿hubiera sucedido la invasión de Troya? Los mundos posibles.
También estoy seguro que muchos no leerán este post porque resulta muy largo (y créanme a aquellos que lo ven así, hubiera querido ofrecerles algo más corto, no hacerles perder el tiempo, porque sé que tu tiempo y el mío valen oro), pero no puedo dejar pasar por algo lo que siento. ¿Es acaso un error de actitud lo que sucedió? Cuando se mezclan los sentimientos con la razón… no sabemos quién sale vencedor, pero seguramente sabremos que existirá un mundo posible para decirnos: «Lo que hubiera pasado si…»
El texto es incompleto, pero no deseo seguir escribiendo más.